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¿CON LA FRENTE MARCHITA?
¿Se dieron cuenta? Yo dije que era inútil; lo que pasa es que ellos no lo saben, o peor aún, rechazan saberlo, lo que no esta nada mal, pero es totalmente inútil que ellos pretendan divertir cuando no tienen con qué. Lo siento, pero la verdad no debe ofenderles. Me dirán que eran los dueños de casa (yo no digo nada). Es cierto, los que acamalaron el delibery, toda la parafernalia del evento, eligieron el morfi y organizaron la movida. Siempre ha sido así, o por lo menos desde que uno de aquellos príncipes de Hamburgo llamado “El pecoso” lo estableciera por un ukase sancionado a principio del siglo XVI, y sin faltarles el debido respeto, uno fue, porque correspondía que lo hiciera, y lo hace a sabiendas que lo que tiene que hacer debe llevarlo a cabo de la mejor manera posible, sobre todo divertir, divirtiéndose. Ellos, justo es reconocerlo, lucían una ostentosa cuando bajamos del micro. Son así, muy suntuosos, teatrales ante las miradas ajenas. Todo tendría que haber sido así por esos recovecos fascinantes de una historicidad prefabricada, puro agasajos, papelitos, banderines y pañuelos cuando íbamos felices por esos barrios de altos edificios, neón, grandes avenidas y wolvayen. El día y la noche con la nuestro, con lo que estaba allá lejos. Digo esto por ustedes que en algún momento hallaran estas líneas.
De todos modos, digo, por lo menos al llegar, nos abrieron una gigantesca puerta que, al nombrarla, se nos llenaba la boca de bocales y consonantes. Todo era así, y fuimos acogidos con bombos y platillos, a decir verdad, como sólo pueden serlos los amigos del alma. Aunque, a fuer de sinceros, cuando los mirábamos a los ojos no era, precisamente, eso lo que encontrábamos. Bebían a nuestra salud. Eso decían, y volvían a beber, por nuestros hijos, nuestras mujeres, y por alguien más que nos costaba entender, pero bebían, seguían bebiendo. Nosotros, no obstante, éramos del otro lado, de un lugar allá lejos cuyo nombre no recordaban, magarona, o algo así. Estiraban el brazo señalando un lugar impreciso y lejano para hacernos notar nuestra no pertenencia. Congoleños pálidos, o nigerianos descoloridos. En el mejor de los casos hijos de europeos. Se reían y nos reíamos, quizás porque no sabíamos, porque ignorábamos o no queríamos darnos cuenta, o ni nos importaba saberlo, pero aún así, a pesar de todas estas cosas, había un algo oculto, un asunto subrepticio en esa actitud de los teutones que nos instaba a sospechar sobre la uta idea que se habían hecho de nosotros, aunque, por cierto, tras los pepelitos, las palmaditas alentadoras, el “ferplay” y la foto “contra la discriminación” , todo muy emotivo, a medida que iban transcurriendo las horas nos fuimos dando a conocer. Terminaron por darse cuenta de que éramos entretenidos. Que habíamos ido para mostrar que teníamos cierta destreza para lograr que la gente sonriera. Que no era poca cosa lo que habíamos ido a darles. Es comprensible, se entiende: ellos no están acostumbrados a que cada uno deje el libertad esa especie de pajarerío interno, que haga llover cuando el diario pronostica buen tiempo y se salga a jugar con traje y galera, lo conejos salten de los botines. Les cuesta mucho salir de adentro y largar la carcajada, son caracúlicos al mango, como dicen los pibes de Fiorito, acartonadísimos, presuntuosos, adidavacuos, y muchas veces, para no venirse abajo desalentados, hurgan con ganas en su ayer, para arrojarnos a la cara un montón de cosas, pero no todo es música, chochamus, tampoco literatura, porque a poco de buscar en ese ayer van a dar con ese enano demente de bigotito que quería adueñarse del mundo y que, dios nos libre y guarde, hay quien planea enmendarle la plana y convertirse en el gendarme del planeta.
Los digo por aquellos que, en algún momento, podrán encontrar estas líneas en alguna parte. Lo que vieron sus ojos, aquella tarde, deben haber parecido increíble. No deben haber sido poco los sorprendidos. Los que dudaban de estar soñando. Magia, esa alegría de vivir haciendo lo que se sabe, ese retozo en el que aflora esas maravillosas ganas de ser buena persona, el desahogo, esa sensación de que alguien, desde no sé dónde nos tocara con la varita y nos saliera de adentro todo lo imposible, lo que ustedes nunca, jamás, aunque sean los que ganen, ¿entienden? Porque está bien, ahora todo llegó a su fin. El azar volvió a señalarlos con su dedo pringoso en la frente Quiero decirlo por ustedes que en algún momento encontraran estas líneas en alguna parte. Se acabó. Nos vamos de nuevo con las manos vacías, pero no nos vamos solos. También se van los que se veían dando la vuelta victoriosos. También ellos retornan con el sueño que encarnaron al venir Es decir, esas ganas inconmensurables y éticas, hidalgas y espartaquianas de hacer felices a quienes no lo son, o les cuesta mucho serlo. La alegría no forma parte d e la canasta. Ahora, con la pasión todavía a cuesta, tenemos que volver a casa, a la favela o a la villa, aunque el sueño, por cierto, vuelve con nosotros, siguen anidando donde siempre. Con ellos, tan trigales, queda ese sabor letrinoso que deja el triunfo cuando se mezcla con la impudicia de la soberbia inmerecida. Son, por cierto, los dueños de un mundo, pero de un mundo al que se le hace cuesta arriba hacernos ver que están vivos, e incapaces de no ir al banco para seguir el vuelo inmaterial de una mariposa. Ya no tienen sueños, sino esta trapisonda sucia de tahúres. Podríamos decir que al principio tratamos de hacérselo entender. Divertimos e hicimos felices a muchos de los presentes, aún a aquellos que nos miraban con recelo. Creo que eso fue lo que los asustó, lo que no soportaron. Pavura, que le dicen. Ellos querían atraer la atención, despertar el aplauso, pero no sabían cómo hacerlo, y como era de esperar terminaron haciendo lo que hacen siempre. Recurrieron a sus tanques blindados, calzaron a los muchachos con esos zapatones de contienda, les pusieron cascos de acero, y con paso de ganso, inhábiles, con rudeza, corrían de un lado a otro, mientras los nuestros eludían sus embestidas ¡oooleee!...¡oooleeee! Queda mal decirlo, pero nosotros, claro, nos divertíamos; no nos dábamos por enterados de ese furor de seres degradados. Continuábamos disfrutando y haciendo eso que nos gusta tanto hacer: jugar, divertir a la gente, aunque a ellos el asunto no les causaba ninguna gracia.
Pero como dije, todo eso acabó. “Sefiní”, diría el director de la biblioteca adustamente. Hay que preparar las valijas y volver a casa, aunque no con la frente marchita, como piensan ellos, tan rubionazos, acerbezados, tan Sherman, eurotólicos y occidentales. Parloteando ese idioma con aroma a repollo fermentado. Volver, como decía el que te dije, sí, si de eso se trata, y asumiendo que los hechos son irreversibles, pero, también, con la dignidad de los que saben que han venido a hacer lo que sabían, frente a un dueño de casa que nos fichaba con esa mirada entre coleóptera y estúpida, y retornan como triunfadores, aunque nos hayan hecho morder la gramilla de la derrota por penales, que no es derrota, llevando en la mochila la experiencia alada de esa quijotesca y gorrionera hazaña que llenó de ilusión a un paisíto así de chico en este globalizado universo, y en el que ojalá prenda el ejemplo de estos tantos adalides para advertir que aún lo imposible se hace posible sito todos hacemos fuerzas para el mismo lado.
Juan Alberto Núñez,
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